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EL TÚNEL ERNESTO SÁBATO 5/6

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Episode  ·  36:35  ·  Jan 14, 2021

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Después la mujer empezó a hablar de un quiromántico que habíaconocido en Mar del Plata y de una señora vidente. Hunter hizo un chistey Mimí se enojó:—Te imaginarás que tiene que ser algo serio —dijo—. El marido esprofesor en la facultad de ingeniería.Siguieron discutiendo de telepatía y yo estaba desesperado porqueMaría no aparecía. Cuando los volví a atender, estaban hablando delestatuto del peón.—Lo que pasa —dictaminó Mimí, empuñando la boquilla como unabatuta— es que la gente no quiere trabajar más.Hacia el final de ¡a conversación tuve una repentina iluminación queme disipó la inexplicable tristeza: intuí que la tal Mimí había llegado aúltimo momento y que María no bajaba para no tener que soportar lasopiniones (que seguramente conocía hasta el cansancio) de Mimí y suprimo. Pero ahora que recuerdo, esta intuición no fue completamenteirracional sino la consecuencia de unas palabras que me había dicho elchofer mientras íbamos a la estancia y en las que yo no puse al principioninguna atención; algo referente a una prima del señor que acababa dellegar de Mar del Plata, para tomar el té. La cosa era clara: María,desesperada por la llegada repentina de esa mujer, se había encerrado ensu dormitorio pretextando una indisposición; era evidente que no podíasoportar a semejantes personajes. Y el sentir que mi tristeza se disipabacon esta deducción me iluminó bruscamente la causa de esa tristeza: alllegar a la casa y ver que Hunter y Mimí eran unos hipócritas y unosfrívolos, la parte más superficial de mi alma se alegró, porque veía de esemodo que no había competencia posible en Hunter; pero mi capa másprofunda se entristeció al pensar (mejor dicho, al sentir) que María formaba también parte de ese círculo y que, de alguna manera, podría teneratributos parecidos.XXVCUANDO nos levantamos de la mesa para caminar por el parque, vi queMaría se acercaba a nosotros, lo que confirmaba mi hipótesis: habíaesperado ese momento para acercársenos, evitando la absurdaconversación en la mesa.Cada vez que María se aproximaba a mí en medio de otras personas,yo pensaba: "Entre este ser maravilloso y yo hay un vínculo secreto" yluego, cuando analizaba mis sentimientos, advertía que ella habíaempezado a serme indispensable (como alguien que uno encuentra enuna isla desierta) para convertirse más tarde, una vez que el temor de la Ernesto Sábato 54El tunelsoledad absoluta ha pasado, en una especie de lujo que me enorgullecía,y era en esta segunda fase de mi amor en que habían empezado a surgirmil dificultades; del mismo modo que cuando alguien se está muriendo dehambre acepta cualquier cosa, incondicionalmente, para luego, una vezque lo más urgente ha sido satisfecho, empezar a quejarsecrecientemente de sus defectos e inconvenientes. He visto en los últimosaños emigrados que llegaban con la humildad de quien ha escapado a loscampos de concentración, aceptar cualquier cosa para vivir y alegrementedesempeñar los trabajos más humillantes; pero es bastante extraño que aun hombre no le baste con haber escapado a la tortura y a la muerte paravivir contento: en cuanto empieza a adquirir nueva seguridad, el orgullo,la vanidad y la soberbia, que al parecer habían sido aniquilados parasiempre, comienzan a reaparecer, como animales que hubieran huidoasustados; y en cierto modo a reaparecer con mayor petulancia, comoavergonzados de haber caído hasta ese punto. No es difícil que en talescircunstancias se asista a actos de ingratitud y de desconocimiento.Ahora que puedo analizar mis sentimientos con tranquilidad, pienso que hubo algo de esoen mis relaciones con María y siento que, en cierto modo, estoy pagando la insensatez deno haberme conformado con la parte de María que me salvó (momentáneamente) de lasoledad. Ese estremecimiento de orgullo, ese deseo creciente de posesión exclusivadebían haberme revelado que iba por mal camino, aconsejado por la vanidad y lasoberbia.En ese momento, al ver venir a María, ese orgulloso sentimiento estabacasi abolido por una sensación de culpa y de vergüenza provocada por elrecuerdo de la atroz escena en mi taller, de mi estúpida, cruel y hastavulgar acusación de "engañar a un ciego". Sentí que mis piernas seaflojaban y que el frío y la palidez invadían mi rostro. ¡Y encontrarme así,en medio de esa gente! ¡Y no poder arrojarme humildemente para que meperdonase y calmase el horror y el desprecio que sentía por mí mismo!María, sin embargo, no pareció perder el dominio y yo comencéinmediatamente a sentir que la vaga tristeza de esa tarde comenzaba aposeerme de nuevo.Me saludó con una expresión muy medida, como queriendo probar antelos dos primos que entre nosotros no había más que una simple amistad.Recordé, con un malestar de ridículo, una actitud que había tenido conella unos días antes. En uno de esos arrebatos de desesperación, le habíadicho que algún día quería, al atardecer, mirar, desde una colina, lastorres de San Gemignano. Me miró con fervor y me dijo: "¡Quémaravilloso, Juan Pablo!" Pero cuando le propuse que nos escapásemosesa misma noche, se espantó, su rostro se endureció y dijo,sombríamente: "No tenemos derecho a pensar en nosotros solos. Elmundo es muy complicado." Le pregunté qué quería decir con eso. Merespondió, con acento aún más sombrío: "La felicidad está rodeada dedolor." La dejé bruscamente, sin saludarla. Más que nunca, sentí quejamás llegaría a unirme con ella en forma total y que debía resignarme atener frágiles momentos de comunión, tan melancólicamente inasiblescomo el recuerdo de ciertos sueños, o como la felicidad de algunospasajes musicales. Ernesto Sábato 55El tunelY ahora llegaba y controlaba cada movimiento, calculaba cada palabra,cada gesto de su cara. ¡ Hasta era capaz de sonreír a esa otra mujer!Me preguntó si había traído las manchas.—¡ Qué manchas! —exclamé con rabia, sabiendo que malograbaalguna complicada maniobra, aunque fuera en favor nuestro.—Las manchas que prometió mostrarme —insistió con tranquilidadabsoluta—. Las manchas del puerto.La miré con odio, pero ella mantuvo serenamente mi mirada y, por undécimo de segundo, sus ojos se hicieron blandos y parecieron decirme:"Compadéceme de todo eso." ¡Querida, querida María! ¡Cómo sufrí porese instante de ruego y de humillación! La miré con ternura y le respondí:—Claro que las traje. Las tengo en el dormitorio.—Tengo mucha ansiedad por verlas —dijo, nuevamente con la frialdadde antes.—Podemos verlas ahora mismo —comenté adivinando su idea.Temblé ante la posibilidad de que se nos uniera Mimí. Pero María laconocía más que yo, de modo que añadió en seguida algunas palabrasque impedían cualquier intento de entrometimiento:—Volvemos pronto —dijo.Y apenas pronunciadas, me tomó del brazo con decisión y me condujohacia la casa. Observé fugazmente a los que quedaban y me parecióadvertir un relámpago intencionado en los ojos con que Mimí miró aHunter.XXVIPENSABA quedarme varios días en la estancia pero sólo pasé una noche. Aldía siguiente de mi llegada, apenas salió el sol, escapé a pie, con la valijay la caja. Esta actitud puede parecer una locura, pero se verá hasta quépunto estuvo justificada.Apenas nos separamos de Hunter y Mimí, fuimos adentro, subimos abuscar las presuntas manchas y finalmente bajamos con mi caja depintura y una carpeta de dibujos, destinada a simular las manchas. Estetruco fue ideado por María.Los primos habían desaparecido, de todos modos. María comenzóentonces a sentirse de excelente humor, y cuando caminamos a través delparque, hacia la costa, tenía verdadero entusiasmo. Era una mujerdiferente de la que yo había conocido hasta ese momento, en la tristezade la ciudad: más activa, más vital. Me pareció, también, que aparecía enella una sensualidad desconocida para mí, una sensualidad de los coloresy olores: se entusiasmaba extrañamente (extrañamente para mí, quetengo una sensualidad introspectiva, casi de pura imaginación) con elcolor de un tronco, de una hoja seca, de un bichito cualquiera, con la Ernesto Sábato 56El tunelfragancia del eucalipto mezclada al olor del mar. Y lejos de producirmealegría, me entristecía y desesperanzaba, porque intuía que esa forma deMaría me era casi totalmente ajena y que, en cambio, de algún mododebía pertenecer a Hunter o a algún otro.La tristeza fue aumentando gradualmente; quizá también a causa delrumor de las olas, que se hacía a cada instante más perceptible. Cuandosalimos del monte y apareció ante mis ojos el cielo de aquella costa, sentíque esa tristeza era ineludible; era la misma de siempre ante la belleza, opor lo menos ante cierto género de belleza. ¿Todos sienten así o es un defecto más de mi desgraciada condición?Nos sentamos sobre las rocas y durante mucho tiempo estuvimos ensilencio, oyendo el furioso batir de las olas abajo, sintiendo en nuestrosrostros las partículas de espuma que a veces alcanzaban hasta lo alto delacantilado. El cielo, tormentoso, me hizo recordar el del Tintoretto en elsalvamento del sarraceno.—Cuántas veces —dijo María— soñé compartir con vos este mar y estecielo.Después de un tiempo, agregó:—A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siemprejuntos. Cuando vi aquella mujer solitaria de tu ventana, sentí que erascomo yo y que también buscabas ciegamente a alguien, una especie deinterlocutor mudo. Desde aquel día pensé constantemente en vos, te soñémuchas veces acá, en este mismo lugar donde he pasado tantas horas demi vida. Un día hasta pensé en buscarte y confesártelo. Pero tuve miedode equivocarme, como me había equivocado una vez, y esperé que dealgún modo fueras vos el que buscara. Pero yo te ayudaba intensamente,te llamaba cada noche, y llegué a estar tan segura de encontrarte quecuando sucedió, al pie de aquel absurdo ascensor, quedé paralizada demiedo y no pude decir nada más que una torpeza. Y cuando huiste,dolorido por lo que creías una equivocación, yo corrí detrá

36m 35s  ·  Jan 14, 2021

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