
EL TÚNEL ERNESTO SÁBATO 4/6
Episode · 0 Play
Episode · 36:06 · Jan 14, 2021
About
diablos, chiquilines, que éramos el único y que los demás eran simplessombras, seres con quienes mantenía una relación superficial o aparente.Un día decidí aclarar el problema Allende. Comencé preguntándole porqué se había casado con él.—Lo quería —me respondió.—Entonces ahora no lo querés.—Yo no he dicho que haya dejado de quererlo —respondió.—Dijiste "lo quería". No dijiste "lo quiero".—Haces siempre cuestiones de palabras y retorcés todo hasta loincreíble —protestó María—. Cuando dije que me había casado porque loquería no quise decir que ahora no lo quiera.—Ah, entonces lo querés a él —dije rápidamente, como queriendoencontrarla en falta respecto a declaraciones hechas en interrogatoriosanteriores.Calló. Parecía abatida.—¿Por qué no respondes? —pregunté.—Porque me parece inútil. Este diálogo lo hemos tenido muchas vecesen forma casi idéntica.—No, no es lo mismo que otras veces. Te he preguntado si ahora loquerés a Allende y me has dicho que sí. Me parece recordar que en otraoportunidad, en el puerto, me dijiste que yo era la primera persona quehabías querido.María volvió a quedar callada. Me irritaba en ella que no solamente eracontradictoria sino que costaba un enorme esfuerzo sacarle unadeclaración cualquiera.—¿Qué contestas a eso? —volví a interrogar.—Hay muchas maneras de amar y de querer —respondió, cansada—.Te imaginarás que ahora no puedo seguir queriendo a Allende como haceaños, cuando nos casamos, de la misma manera. .—¿De qué manera?—¿Cómo, de que manera? Sabes lo que quiero decir.—No sé nada.—Te lo he dicho muchas veces.—Lo has dicho, pero no lo has explicado nunca.—¡Explicado! —exclamó con amargura—. Vos has dicho mil veces quehay muchas cosas que no admiten explicación y ahora me decís queexplique algo tan complejo. Te he dicho mil veces que Allende es un grancompañero mío, que lo quiero como a un hermano, que lo cuido, quetengo una gran ternura por él, una gran admiración por la serenidad de suespíritu, que me parece muy superior a mí en todo sentido, que a su ladome siento un ser mezquino y culpable. ¿Cómo podes imaginar, pues, queno lo quiera ?—No soy yo el que ha dicho que no lo quieras. Vos misma me hasdicho que ahora no es como cuando te casaste. Quizá debo concluir quecuando te casaste lo querías como decís que ahora me querés a mí. Porotro lado, hace unos días, en el puerto, me dijiste que yo era la primera Ernesto Sábato 42El tunelpersona a la que habías querido verdaderamente. María me mirótristemente.—Bueno, dejemos de lado esta contradicción —proseguí—. Perovolvamos a Allende. Decís que lo querés como a un hermano. Ahoranecesito que me respondas a una sola pregunta : ¿ te acostás con él ?María me miró con mayor tristeza. Estuvo un rato callada y al cabo mepreguntó con voz muy dolorida:—¿Es necesario que responda también a eso?—Sí, es absolutamente necesario —le dije con dureza.—Me parece horrible que me interrogues de este modo.—Es muy sencillo: tenés que decir sí o no.—La respuesta no es tan simple: se puede hacer y no hacer.—Muy bien —concluí fríamente—. Eso quiere decir que sí.—Muy bien: sí.—Entonces lo deseas.Hice esta afirmación mirando cuidadosamente sus ojos; la hacía conmala intención; era óptima para sacar una serie de conclusiones. No esque yo creyera que lo desease realmente (aunque también eso eraposible dado el temperamento de María), sino que quería forzarle aaclarar eso de "cariño de hermano". María, tal como yo lo esperaba, tardóen responder. Seguramente, estuvo pensando las palabras. Al fin dijo:—He dicho que me acuesto con él, no que lo desee.—¡Ah! —exclamé triunfalmente—. ¡Eso quiere decir que lo haces sindesearlo pero haciéndole creer que lo deseás!María quedó demudada. Por su rostro comenzaron a caer lágrimassilenciosas. Su mirada era como de vidrio triturado.—Yo no he dicho eso —murmuró lentamente.—Porque es evidente —proseguí implacable— que si demostrases nosentir nada, no desearlo, si demostrases que la unión física es unsacrificio que haces en honor a su cariño, a tu admiración por su espíritusuperior, etcétera, Allende no volvería a acostarse jamás con vos. Enotras palabras: el hecho de que siga haciéndolo demuestra que sos capazde engañarlo no sólo acerca de tus sentimientos sino hasta de tussensaciones. Y que sos capaz de una imitación perfecta del placer.María lloraba en silencio y miraba hacia el suelo.—Sos increíblemente cruel —pudo decir, al fin.—Dejemos de lado las consideraciones de formas: me interesa elfondo. El fondo es que sos capaz de engañar a tu marido durante años, nosólo acerca de tus sentimientos sino también de tus sensaciones. Laconclusión podría inferirla un aprendiz: ¿por qué no has de engañarme amí también? Ahora Comprenderás por qué muchas veces te he indagadola veracidad de tus sensaciones. Siempre recuerdo cómo el padre deDesdémona advirtió a Ótelo que una mujer que había engañado al padrepodía engañar a otro hombre. Y a mí nada me ha podido sacar de lacabeza este hecho: el que has estado engañando constantemente aAllende, durante años. Ernesto Sábato 43El tunelPor un instante, sentí el deseo de llevar la crueldad hasta el máximo yagregué, aunque me daba cuenta de su vulgaridad y torpeza.—Engañando a un ciego.XIXYA ANTES de decir esta frase estaba un poco arrepentido: debajo del quequería decirla y experimentar una perversa satisfacción, un ser más puroy más tierno se disponía a tomar la iniciativa en cuanto la crueldad de lafrase hiciese su efecto y, en cierto modo, ya silenciosamente, habíatomado el partido de María antes de pronunciar esas palabras estúpidas einútiles (¿qué podía lograr, en efecto, con ellas?). De manera que, apenascomenzaron a salir de mis labios, ya ese ser de abajo las oía con estupor,como si a pesar de todo no hubiera creído seriamente en la posibilidad deque el otro las pronunciase. Y a medida que salieron, comenzó a tomar elmando de mi conciencia y de mi voluntad y casi llega su decisión a tiempopara impedir que la frase saliera completa. Apenas terminada (porque apesar de todo terminé la frase), era totalmente dueño de mí y yaordenaba pedir perdón, humillarme delante de María, reconocer mitorpeza y mi crueldad. ¡Cuántas veces esta maldita división de miconciencia ha sido la culpable de hechos atroces! Mientras una parte melleva a tomar una hermosa actitud, la otra denuncia el fraude, la hipocresía y la falsa generosidad; mientras una me lleva a insultar a un serhumano, la otra se conduele de él y me acusa a mí mismo de lo quedenuncio en los otros; mientras una me hace ver la belleza del mundo, laotra me señala su fealdad y la ridiculez de todo sentimiento de felicidad.En fin, ya era tarde, de todos modos, para cerrar la herida abierta en elalma de María (y esto me lo aseguraba sordamente, con remota, satisfecha malevolencia el otro yo que ahora estaba hundido allá, en unaespecie de inmunda cueva), ya era irremediablemente tarde. María seincorporó en silencio, con infinito cansancio, mientras su mirada (¡cómo laconocía!) levantaba el puente levadizo que a veces tendía entre nuestrosespíritus: ya era la mirada dura de unos ojos impenetrables. De prontome acometió la idea de que ese puente se había levantado para siempre yen la repentina desesperación no vacilé en someterme a las humillacionesmás grandes: besar sus pies, por ejemplo. Sólo logré que me mirara conpiedad y que sus ojos se ablandasen por un instante. Pero de piedad, sólode piedad.Mientras salía del taller y me aseguraba, una vez más, que no meguardaba rencor, yo me hundí en una aniquilación total de la voluntad.Quedé sin atinar a nada, en medio del taller, mirando como un alelado unpunto fijo. Hasta que, de pronto, tuve conciencia de que debía hacer unaserie de cosas. Ernesto Sábato 44El tunelCorrí a la calle, pero María ya no se veía por ningún lado. Corrí a sucasa en un taxi, porque supuse que ella no iría directamente y, por lotanto, esperaba encontrarla a su llegada. Esperé en vano durante más deuna hora. Hablé por teléfono desde un café: me dijeron que no estaba yque no había vuelto desde las cuatro (la hora en que había salido para mitaller). Esperé varias horas más. Luego volví a hablar por teléfono : medijeron que María no iría a la casa hasta la noche.Desesperado, salí a buscarla por todas partes, es decir, por los lugaresen que habitualmente nos encontrábamos o caminábamos: la Recoleta, laAvenida Centenario, la Plaza Francia, Puerto Nuevo. No la vi por ningúnlado, hasta que comprendí que lo más probable era, precisamente, quecaminara por cualquier parte menos por los lugares que le recordasennuestros mejores momentos. Corrí de nuevo hasta su casa, pero era muytarde y probablemente ya hubiera entrado. Telefoneé nuevamente: enefecto, había vuelto; pero me dijeron que estaba en cama y que le eraimposible atender el teléfono. Había dado mi nombre, sin embargo.Algo se había roto entre nosotros.XXVOLVÍ a casa con la sensación de una absoluta soledad.Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparecemezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a loshombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; misoledad no me asusta, es casi olímpica.Pero en aquel momento, como en otros semejantes, me encontrabasolo como consecuencia de mis peores atributos, de mis bajas acciones.En esos casos siento que el mundo es despreciable, pero comprendo queyo también formo parte de él; en esos instantes me invade una furia deaniquilación, me dejo acariciar por la tentación del suicidio, meemborracho, busco a las prostitutas. Y siento cierta satisfacción en probarmi propia bajeza y en verificar que no soy mejor que los sucios monstruosque me rodean.Esa noche me emborraché en un cafetín del bajo. Estaba en lo peor demi borrachera cuando sentí tanto asco de la mujer que estaba conmigo yde los marineros que me rodeaban que salí corriendo a la calle.
36m 6s · Jan 14, 2021
© 2021 Spreaker (OG)