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EL TÚNEL ERNESTO SÁBATO 3/6

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Episode  ·  35:22  ·  Jan 14, 2021

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María. Esa simplicidad me daba una vaga idea de pertenencia, una vagaidea de que la muchacha estaba ya en mi vida y de que, en cierto modo,me pertenecía.¡Ay! Mis sentimientos de felicidad son tan poco duraderos... Esaimpresión, por ejemplo, no resistía el menor análisis: ¿acaso el marido nola llamaba también María? Y seguramente Hunter también la llamaría así,¿ de qué otra manera podía llamarla? ¿Y las otras personas con las quehablaba a puertas cerradas? Me imagino que nadie habla a puertascerradas a alguien que respetuosamente dice "señorita Iribarne".¡"Señorita Iribarne"! Ahora caía en la cuenta de la vacilación que habíatenido la mucama la primera vez que hablé por teléfono: ¡Qué grotesco!Pensándolo bien, era una prueba más de que ese tipo de llamado no eratotalmente novedoso: evidentemente, la primera vez que alguienpreguntó por la "señorita Iribarne" la mucama, extrañada, debióforzosamente haber corregido, recalcando lo de señora. Pero, naturalmente, a fuerza de repeticiones, la mucama había terminado porencogerse de hombros y pensar que era preferible no meterse enrectificaciones. Vaciló, era natural; pero no me corrigió.Volviendo a la carta, reflexioné que había motivo para una cantidad dededucciones. Empecé por el hecho más extraordinario: la forma dehacerme llegar la carta. Recordé el argumento que me transmitió lamucama: "Que perdone, pero no tenía la dirección." Era cierto: ni ella mehabía pedido la dirección ni a mí se me había ocurrido dársela; pero loprimero que yo habría hecho en su lugar era buscarla en la guía deteléfonos. No era posible atribuir su actitud a una inconcebible pereza, yentonces era inevitable una conclusión: María deseaba que yo fuera a lacasa y me enfrentase con el marido. Pero ¿por qué? En este punto sellegaba a una situación sumamente complicada: podía ser que ellaexperimentara placer en usar al marido de intermediario; podía ser elmarido el que experimentase placer; podían ser los dos. Fuera de estasposibilidades patológicas quedaba una natural: María había queridohacerme saber que era casada para que yo viera la inconveniencia deseguir adelante.Estoy seguro de que muchos de los que ahora están leyendo estaspáginas se pronunciarán por esta última hipótesis y juzgarán que sólo unhombre como yo puede elegir alguna de las otras. En la época en que yotenía amigos, muchas veces se han reído de mi manía de elegir siemprelos caminos más enrevesados: Yo me pregunto por qué la realidad ha deser simple. Mi experiencia me ha enseñado que, por el contrario, casinunca lo es y que cuando hay algo que parece extraordinariamente claro,una acción que al parecer obedece a una causa sencilla, casi siempre haydebajo móviles más complejos. Un ejemplo de todos los días: la genteque da limosnas; en general, se considera que es más generosa y mejorque la gente que no las da. Me permitiré tratar con el mayor desdén estateoría simplista. Cualquiera sabe que no se resuelve el problema de unmendigo (de un mendigo auténtico) con un peso o un pedazo de pan:solamente se resuelve el problema psicológico del señor que compra así, Ernesto Sábato 30El tunelpor casi nada, su tranquilidad espiritual y su título de generoso. Júzguesehasta qué punto esa gente es mezquina cuando no se decide a gastarmás de un peso por día para asegurar su tranquilidad espiritual y la ideareconfortante y vanidosa de su bondad. ¡Cuánta más pureza de espíritu ycuánto más valor se requiere para sobrellevar la existencia de la miseriahumana sin esta hipócrita (y usuaria) operación!Pero volvamos a la carta.Solamente un espíritu superficial podría quedarse con la mismahipótesis, pues se derrumba al menor análisis. "María quería hacermesaber que era casada para que yo viese la inconveniencia de seguiradelante." Muy bonito. Pero ¿por qué en ese caso recurrir a unprocedimiento tan engorroso y cruel? ¿No podría habérmelo dichopersonalmente y hasta por teléfono? ¿No podría haberme escrito, de notener valor para decírmelo? Quedaba todavía un argumento tremendo:¿por qué la carta, en ese caso, no decía que era casada, corno yo lo podíaver, y no rogaba que tomara nuestras relaciones en un sentido mástranquilo? No, señores. Por el contrario, la carta era una carta destinada aconsolidar nuestras relaciones, a alentarlas y a conducirlas por el caminomás peligroso.Quedaban, al parecer, las hipótesis patológicas. ¿ Era posible que Maríasintiera placer en emplear a Allende de intermediario? ¿O era él quienbuscaba esas oportunidades? ¿O el destino se había divertido juntandodos seres semejantes?De pronto me arrepentí de haber llegado a esos extremos, con micostumbre de analizar indefinidamente hechos y palabras. Recordé lamirada de María fija en el árbol de la plaza, mientras oía mis opiniones;recordé su timidez, su primera huida. Y una desbordante ternura haciaella comenzó a invadirme: Me pareció que era una frágil criatura en mediode un mundo cruel, lleno de fealdad y miseria. Sentí lo que muchas veceshabía sentido desde aquel momento del salón: que era un ser semejantea mí.Olvidé mis áridos razonamientos, mis deducciones feroces. Me dediquéa imaginar su rostro, su mirada —esa mirada que me recordaba algo queno podía precisar—, su forma profunda y melancólica de razonar. Sentíque el amor anónimo que yo había alimentado durante años de soledad sehabía concentrado en María. ¿Cómo podía pensar cosas tan absurdas ?Traté de olvidar, pues, todas mis estúpidas deducciones acerca delteléfono, la carta, la estancia, Hunter.Pero no pude.XIIILos DÍAS siguientes fueron agitados. En mi precipitación no habíapreguntado cuándo volvería María de la estancia; el mismo día de mi Ernesto Sábato 31El tunelvisita volví a hablar por teléfono para averiguarlo; la mucama me dijo queno sabía nada; entonces le pedí la dirección de la estancia.Esa misma noche escribí una carta desesperada, preguntándole lafecha de su regreso y pidiéndole que me hablara por teléfono en cuantollegase a Buenos Aires o que me escribiese. Fui hasta el Correo Central yla hice certificar, para disminuir al mínimo los riesgos.Como decía, pasé unos días muy agitados y mil veces volvieron a micabeza las ideas oscuras que me atormentaban después de la visita a lacalle Posadas. Tuve este sueño: visitaba de noche una vieja casa solitaria.Era una casa en cierto modo conocida e infinitamente ansiada por mídesde la infancia, de manera que al entrar en ella me guiaban algunos recuerdos. Pero a veces me encontraba perdido en la oscuridad o tenía laimpresión de enemigos escondidos que podían asaltarme por detrás o degentes que cuchicheaban y se burlaban de mí, de mi ingenuidad. ¿Quiéneseran esas gentes y qué querían? Y sin embargo, y a pesar de todo, sentíaque en esa casa renacían en mí los antiguos amores de la adolescencia,con los mismos temblores y esa sensación de suave locura, de temor y dealegría. Cuando me desperté, comprendí que la casa del sueño era María.XIVEN LOS DÍAS que precedieron a la llegada de su carta, mi pensamiento eracomo un explorador perdido en un paisaje neblinoso: acá y allá, con granesfuerzo, lograba vislumbrar vagas siluetas de hombres y cosas, indecisosperfiles de peligros y abismos. La llegada de la carta fue como la salidadel sol.Pero este sol era un sol negro, un sol nocturno. No sé si se puede deciresto, pero aunque no soy escritor y aunque no estoy seguro de miprecisión, no retiraría la palabra nocturno; esta palabra era, quizá, la másapropiada para María, entre todas las que forman nuestro imperfectolenguaje.Esta es la carta que me envió:He pasado tres días extraños: el mar, la playa, los caminos me fuerontrayendo recuerdos de otros tiempos. No sólo imágenes: también voces,gritos y largos silencios de otros días. Es curioso, pero vivir consiste enconstruir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé queestay preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán lamelancolía y la desesperanza.El mar está ahí, permanente y rabioso. Mi llanto de entonces, inútil;también inútiles mis esperas en la playa solitaria, mirando tenazmente al Ernesto Sábato 32El tunelmar. ¿Has adivinado y pintado este recuerdo mío o has pintado elrecuerdo de muchos seres como vos y yo?Pero ahora tu figura se interpone: estás entre el mar y yo. Mis ojosencuentran tus ojos. Estás quieto y un poco desconsolado, me mirascomo pidiendo ayuda.MARÍA¡Cuánto la comprendía y qué maravillosos sentimientos crecieron en mícon esta carta! Hasta el hecho de tutearme de pronto me dio una certezade que María era mía. Y solamente mía: "estás entre el mar y yo"; allí noexistía otro, estábamos solos nosotros dos, como lo intuí desde elmomento en que ella miró la escena de la ventana. En verdad ¿cómo podía no tutearme si nos conocíamos desde siempre, desde mil años atrás?Si cuando ella se detuvo frente a mi cuadro y miró aquella pequeñaescena sin oír ni ver la multitud que nos rodeaba, ya era como si noshubiésemos tuteado y en seguida supe cómo era y quién era, cómo yo lanecesitaba y cómo, también, yo le era necesario.¡ Ah, y sin embargo te maté! ¡ Y he sido yo quien te ha matado, yo,que veía como a través de un muro de vidrio, sin poder tocarlo, tu rostromudo y ansioso! ¡Yo, tan estúpido, tan ciego, tan egoísta, tan cruel!Basta de efusiones. Dije que relataría esta historia en forma escueta yasí lo haré.XVAMABA desesperadamente a María y no obstante la palabra amor no sehabía pronunciado entre nosotros. Esperé con ansiedad su retorno de laestancia para decírsela.Pero ella no volvía. A medida que fueron pasando los días, creció enmí una especie de locura. Le escribí una segunda carta quesimplemente decía: "¡Te quiero, María, te quiero, te quiero!"A los dos días recibí, por fin, una respuesta que decía estas únicaspalabras: "Tengo miedo de hacerte mucho mal." Le contesté en elmismo instante: "No me importa lo que puedas hacerme. Si no pudieraamarte me m

35m 22s  ·  Jan 14, 2021

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