
EL TÚNEL ERNESTO SÁBATO 2/6
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Episode · 34:19 · Jan 14, 2021
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ascensor, a menos que uno sea amigo del ascensorista, en cuyo caso esnatural preguntarle por el tiempo o por el hijo enfermo. Pero como yo notenía ninguna relación y en verdad jamás hasta ese momento había vistoa ese hombre, mi decisión de no abrir la boca no podía producir la másmínima complicación. El hecho de que hubiera varias personas facilitabami trabajo, pues lo hacía pasar inadvertido.Entré tranquilamente al ascensor, pues, y las cosas ocurrieron comohabía previsto, sin ninguna dificultad; alguien comentó con elascensorista el calor húmedo y este comentario aumentó mi bienestar,porque confirmaba mis razonamientos. Experimenté una ligeranerviosidad cuando dije "octavo", pero sólo podría haber sido notada poralguien que estuviera enterado de los fines que yo perseguía en ese momento.Al llegar al piso octavo, vi que otra persona salía conmigo, lo quecomputaba un poco la situación; caminando con lentitud esperé que elotro entrara en una de las oficinas mientras yo todavía caminaba a lolargo del pasillo. Entonces respiré tranquilo; di unas vueltas por elcorredor, fui hasta el extremo, miré el panorama de Buenos Aires por unaventana, me volví y llamé por fin el ascensor. Al poco rato estaba en lapuerta del edificio sin que hubiera sucedido ninguna de las escenasdesagradables que había temido (preguntas raras del ascensorista,etcétera). Encendí un cigarrillo y no había terminado de encenderlocuando advertí que mi tranquilidad era bastante absurda: era cierto queno había pasado nada desagradable, pero también era cierto que no habíapasado nada en absoluto. En otras palabras más crudas: la muchachaestaba perdida, a menos que trabajase regularmente en esas oficinas;pues si había entrado para hacer una simple gestión podía ya habersubido y bajado, desencontrándose conmigo. "Claro que —pensé— si haentrado por una gestión es también posible que no la haya terminado entan corto tiempo." Esta reflexión me animó nuevamente y decidí esperaral pie del edificio.Durante una hora estuve esperando sin resultado. Analicé lasdiferentes posibilidades que se presentaban:1. La gestión era larga; en ese caso había que seguir esperando.2. Después de lo que había pasado, quizá estaba demasiado excitada yhabría ido a dar una vuelta antes de hacer la gestión; tambiéncorrespondía esperar.3. Trabajaba allí; en este caso había que esperar hasta la hora desalida."De modo que esperando hasta esa hora —razoné— enfrento las tresposibilidades."Esta lógica me pareció de hierre y me tranquilizó bastante paradecidirme a esperar con serenidad en el café de la esquina, desde cuyavereda podía vigilar la salida de la gente. Pedí cerveza y miré el reloj:eran las tres y cuarto.A medida que fue pasando el tiempo me fui afirmando en la últimahipótesis: trabajaba allí. A las seis me levanté, pues me parecía mejor Ernesto Sábato 18El tunelesperar en la puerta del edificio: seguramente saldría mucha gente degolpe y era posible que no la viera desde el café.A las seis y minutos empezó a salir el personal.A las seis y media habían salido casi todos, como se infería del hechode que cada vez raleaban más. A las siete menos cuarto no salía casinadie: solamente, de vez en cuando, algún alto empleado; a menos queella fuera un alto empleado ("Absurdo", pensé) o secretaria de un altoempleado ("Eso sí", pensé con una débil esperanza). A las siete todohabía terminado.VIIMIENTRAS volvía a mi casa profundamente deprimido, trataba de pensarcon claridad. Mi cerebro es un hervidero, pero cuando me pongo nerviosolas ideas se me suceden como en un vertiginoso ballet; a pesar de lo cual,o quizá por eso mismo, he ido acostumbrándome a gobernarlas yordenarlas rigurosamente; de otro modo creo que no tardaría envolverme loco.Como dije, volví a casa en un estado de profunda depresión, pero nopor eso dejé de ordenar y clasificar las ideas, pues sentí que era necesariopensar con claridad si no quería perder para siempre a la única personaque evidentemente había comprendido mi pintura.O ella entró en la oficina para hacer una gestión, o trabajaba allí; nohabía otra posibilidad. Desde luego, esta última era la hipótesis másfavorable. En este caso, al separarse de mí se habría sentido trastornaday decidiría volver a su casa. Era necesario esperarla, pues, al otro día,frente a la entrada.Analicé luego la otra posibilidad: la gestión. Podría haber sucedido que,trastornada por el encuentro, hubiera vuelto a la casa y decidido dejar lagestión para el otro día. También en este caso correspondía esperarla enla entrada.Estas dos eran las posibilidades favorables. La otra era terrible: lagestión había sido hecha mientras yo llegaba al edificio y durante miaventura de ida y vuelta en el ascensor. Es decir, que nos habíamoscruzado sin vernos. El tiempo de todo este proceso era muy breve y eramuy improbable que las cosas hubieran sucedido de este modo, pero eraposible: bien podía consistir la famosa gestión en entregar una carta, porejemplo. En tales condiciones creí inútil volver al otro día a esperar.Había, sin embargo, dos posibilidades favorables y me aferré a ellascon desesperación.Llegué a mi casa con una mezcla de sentimientos. Por un lado, cadavez que pensaba en la frase que ella había dicho ("La recuerdoconstantemente"), mi corazón latía con violencia y sentí que se me abría Ernesto Sábato 19El tuneluna oscura pero vasta y poderosa perspectiva; intuí que una gran fuerza,hasta ese momento dormida, se desencadenaría en mí. Por otro ladoimaginé que podía pasar mucho tiempo antes de volver a encontrarla. Eranecesario encontrarla. Me encontré diciendo en alta voz, varias veces:"¡Es necesario, es necesario!"VIIIAL OTRO DÍA, temprano, estaba ya parado frente a la puerta de entrada delas oficinas de T. Entraron todos los empleados, pero ella no apareció: eraclaro que no trabajaba allí, aunque restaba la débil hipótesis de quehubiera enfermado y no fuese a la oficina por varios días.Quedaba, además, la posibilidad de la gestión, de manera que decidíesperar toda la mañana en el café de la esquina.Había ya perdido toda esperanza (serían alrededor de las once ymedia) cuando la vi salir de la boca del subterráneo. Terriblementeagitado, me levanté de un salto y fui a su encuentro. Cuando ella me vio,se detuvo como si de pronto se hubiera convertido en piedra: eraevidente que no contaba con semejante aparición. Era curioso, pero lasensación de que mi mente había trabajado con un rigor férreo me dabauna energía inusitada: me sentía fuerte, estaba poseído por una decisiónviril y dispuesto a todo. Tanto que la tomé de un brazo casi con brutalidady, sin decir una sola palabra, la arrastré por la calle San Martín endirección a la plaza. Parecía desprovista de voluntad; no dijo una solapalabra.Cuando habíamos caminado unas dos cuadras, me preguntó:—¿A dónde me lleva?—A la plaza San Martín. Tengo mucho que hablar con usted —lerespondí, mientras seguía caminando con decisión, siempre arrastrándoladel brazo.Murmuró algo referente a las oficinas de T., pero yo seguíarrastrándola y no oí nada de lo que me decía.Agregué:—Tengo muchas cosas que hablar con usted.No ofrecía resistencia: yo me sentía como un río crecido que arrastrauna rama. Llegamos a la plaza y busqué un banco aislado.—¿Por qué huyó? —fue lo primero que le pregunté. Me miró con esaexpresión que yo había notado el día anterior, cuando me dijo "larecuerdo constantemente": era una mirada extraña, fija, penetrante,parecía venir de atrás; esa mirada me recordaba algo, unos ojosparecidos, pero no podía recordar dónde los había visto.—No sé —respondió finalmente—. También querría huir ahora.Le apreté el brazo.—Prométame que no se irá nunca más. La necesito, la necesito mucho—le dije.Volvió a mirarme como si me escrutara, pero no hizo ningúncomentario. Después fijó sus ojos en un árbol lejano. Ernesto Sábato 20El tunelDe perfil no me recordaba nada. Su rostro era hermoso pero tenía algoduro. El pelo era largo y castaño. Físicamente, no aparentaba mucho másde veintiséis años, pero existía en ella algo que sugería edad, algo típicode una persona que ha vivido mucho; no canas ni ninguno de esosindicios puramente materiales, sino algo indefinido y seguramente de orden espiritual; quizá la mirada, pero ¿hasta qué punto se puede decir quela mirada de un ser humano es algo físico?; quizá la manera de apretar laboca, pues, aunque la boca y los labios son elementos físicos, la manerade apretarlos y ciertas arrugas son también elementos espirituales. Nopude precisar en aquel momento, ni tampoco podría precisarlo ahora, quéera, en definitiva, lo que daba esa impresión de edad. Pienso que tambiénpodría ser el modo de hablar.—Necesito mucho de usted —repetí. No respondió: seguíamirando el árbol.—¿Por qué no habla? —le pregunté. Sin dejar de mirar elárbol, contestó:—Yo no soy nadie. Usted es un gran artista. No veo para qué mepuede necesitar.Le grité brutalmente:—¡Le digo que la necesito! ¿Me entiende? Siempre mirando elárbol, musitó:—¿Para qué?No respondí en el instante. Dejé su brazo y quedé pensativo. ¿Paraqué, en efecto? Hasta ese momento no me había hecho con claridad lapregunta y más bien había obedecido a una especie de instinto. Con unaramita comencé a trazar dibujos geométricos en la tierra.—No sé —murmuré al cabo de un buen rato—. Todavía no lo sé.Reflexionaba intensamente y con la ramita complicaba cada vez máslos dibujos.—Mi cabeza es un laberinto oscuro. A veces hay como relámpagos queiluminan algunos corredores. Nunca termino de saber por qué hagociertas cosas. No, no es eso...Me sentía bastante tonto, de ninguna manera era esa mi forma de ser.Hice un gran esfuerzo mental, ¿acaso yo no razonaba? Por el contrario, micerebro estaba constantemente razonando como una máquina decalcular; por ejemplo, en esta misma historia ¿no me había pasado mesesrazonando y barajando hipótesis y clasific
34m 19s · Jan 14, 2021
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