
EL TÚNEL ERNESTO SÁBATO 6/6
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Episode · 30:59 · Jan 14, 2021
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me había movido a hablar), concluí por decirle cosas más fuertes que lascontenidas en la carta. Claro que eso no sucedió irrazonablemente; laverdad es que yo comencé hablándole con humildad y ternura, peroempezó a exasperarme el tono dolorido de su voz y el hecho de que norespondiese a ninguna de mis preguntas precisas, según su hábito. Eldiálogo, más bien mi monólogo, fue creciendo en violencia y cuanto másviolento era, más dolorida parecía ella y más eso me exasperaba, porqueyo tenía plena conciencia de mi razón y de la injusticia de su dolor.Terminé diciéndole a gritos que me mataría, que era una comediante yque necesitaba verla en seguida, en Buenos Aires.No contestó a ninguna de mis preguntas precisas, pero finalmente,ante mi insistencia y mis amenazas de matarme, me prometió venir aBuenos Aires, al día siguiente, "aunque no sabía para qué".—Lo único que lograremos —agregó con voz muy débiles lastimarnoscruelmente, una vez más.—Si no venís, me mataré —repetí por fin—. Pensalo bien antes detomar cualquier decisión.Colgué el tubo sin agregar nada más, y la verdad es que en esemomento estaba decidido a matarme si ella no venía a aclarar lasituación. Quedé extrañamente satisfecho al decidirlo. "Ya verá", pensé,como si se tratara de una venganza.XXXIESE DÍA fue execrable.Salí de mi taller furiosamente. A pesar de que la vería al día siguiente,estaba desconsolado y sentía un odio sordo e impreciso. Ahora creo queera contra mí mismo, porque en el fondo sabía que mis crueles insultosno tenían fundamento. Pero me daba rabia que ella no se defendiera, y suvoz dolorida y humilde, lejos de aplacarme, me enardecía más.Me desprecié. Esa tarde comencé a beber mucho y terminé buscandolíos en un bar de Leandro Alem. Me apoderé de la mujer que me pareciómás depravada y luego desafié a pelear a un marinero porque le hizo unchiste obsceno. No recuerdo lo que pasó después, excepto quecomenzamos a pelear y que la gente nos separó en medio de una granalegría. Después me recuerdo con la mujer esa en la calle. El fresco mehizo bien. A la madrugada la llevé al taller. Cuando llegamos se puso areír de un cuadro que estaba sobre un caballete. (No sé si dije que, desdela escena de la ventana, mi pintura se fue transformando paulatinamente:era como si los seres y cosas de mi antigua pintura hubieran sufrido un Ernesto Sábato 66El tunelcataclismo cósmico. Ya hablaré de esto más adelante, porque ahora quiero relatar lo que sucedió en aquellos días decisivos.) La mujer miró,riéndose, el cuadro y después me miró a mí, como en demanda de unaexplicación. Como ustedes supondrán, me importaba un bledo el juicioque aquella desgraciada podría formarse de mi arte. Le dije que noperdiéramos tiempo en pavadas.Estábamos en la cama, cuando de pronto cruzó por mi cabeza unaidea tremenda: la expresión de la rumana se parecía a una expresión quealguna vez había observado en María.—¡Puta! —grité enloquecido, apartándome con asco—. ¡Claro que esuna puta!La rumana se incorporó como una víbora y me mordió el brazo hastahacerlo sangrar. Pensaba que me refería a ella. Lleno de desprecio a lahumanidad entera y de odio, la saqué a puntapiés de mi taller y le dijeque la mataría como a un perro si no se iba en seguida. Se fue gritandoinsultos a pesar de la cantidad de dinero que le arrojé detrás.Por largo tiempo quedé estupefacto en el medio del taller, sin saberqué hacer y sin atinar a ordenar mis sentimientos ni mis ideas. Por fintomé una decisión: fui al baño, llené la bañadera de agua fría, medesnudé y entré. Quería aclarar mis ideas, así que me quedé en labañadera hasta refrescarme bien. Poco a poco logré poner el cerebro enpleno funcionamiento. Traté de pensar con absoluto rigor, porque tenía laintuición de haber llegado a un punto decisivo. ¿Cuál era la idea inicial?Varias palabras acudieron a esta pregunta que yo mismo me hacía. Esaspalabras fueron: rumana, María, prostituta, placer, simulación. Pensé:estas palabras deben de representar el hecho esencial, la verdad profundade la que debo partir. Hice repetidos esfuerzos para colocarlas en el ordendebido, hasta que logré formular la idea en esta forma terrible, peroindudable: Marta y la prostituta han tenido una expresión semejante; laprostituta simulaba placer; María, pues, simulaba placer; Marta es unaprostituta.—¡Puta, puta, puta! —grité saltando de la bañadera.Mi cerebro funcionaba ya con la lúcida ferocidad de los mejores días: vinítidamente que era preciso terminar y que no debía dejarme embaucaruna vez más por su voz dolorida y su espíritu de comediante. Tenía quedejarme guiar únicamente por la lógica y debía llevar, sin temor, hasta lasúltimas consecuencias, las frases sospechosas, los gestos, los silenciosequívocos de María.Fue como si las imágenes de una pesadilla desfilaran vertiginosamentebajo la luz de un foco monstruoso. Mientras me vestía con rapidez,pasaron ante mí todos los momentos sospechosos: la primeraconversación por teléfono, con la asombrosa capacidad de simulación y ellargo aprendizaje que revelaban sus cambios de voz; las oscuras sombrasen torno de María que se delataban a través de tantas frases enigmáticas;y ese temor de ella de "hacerme mal", que sólo podía significar "te harémal con mis mentiras, con mis inconsecuencias, con mis hechos ocultos,con la simulación de mis sentimientos y sensaciones", ya que no podría Ernesto Sábato 67El tunelhacerme mal por amarme de verdad; y la dolorosa escena de los fósforos;y cómo al comienzo había rehuido hasta mis besos y como sólo habíacedido al amor físico cuando la había puesto ante el extremo de confesarsu aversión o, en el mejor de los casos, el sentido maternal o fraternal desu cariño, lo que, desde luego, me impedía creer en sus arrebatos deplacer, en sus palabras y en sus rostros de éxtasis; y además su precisaexperiencia sexual, que difícilmente podía haber adquirido con un filósofoestoico como Allende; y las respuestas sobre el amor a su marido, quesólo permitían inferir una vez más su capacidad para engañar consentimientos y sensaciones apócrifos; y el círculo de familia, formado poruna colección de hipócritas y mentirosos; y el aplomo y la eficacia con quehabía engañado a sus dos primos con las inexistentes manchas delpuerto; y la escena durante la comida, en la estancia, la discusión alláabajo, los celos de Hunter; y aquella frase que se le había escapado en elacantilado: "como me había equivocado una vez"; ¿con quién, cuándo,cómo? y "los hechos tormentosos y crueles" con ese otro primo, palabrasque también se escaparon inconscientemente de sus labios, como loreveló al no contestar mi pedido de aclaración, porque no me oía,simplemente no me oía, vuelta como estaba hacia su infancia, en la quizáúnica confesión auténtica que había tenido en mi presencia; y, finalmente,esta horrenda escena con la rumana, o rusa, o lo que fuera. ¡ Y esa suciabestia que se había reído de mis cuadros y la frágil criatura que me habíaalentado a pintarlos tenían la misma expresión en algún momento de susvidas! ¡ Dios mío, si era para desconsolarse por la naturaleza humana, alpensar que entre ciertos instantes de Brahms y una cloaca hay ocultos ytenebrosos pasajes subterráneos!XXXIIMUCHAS de las conclusiones que extraje en aquel lúcido perofantasmagórico examen eran hipotéticas, no las podía demostrar, aunquetenía la certeza de no equivocarme. Pero advertí, de pronto, que habíadesperdiciado, hasta ese momento, una importante posibilidad deinvestigación: la opinión de otras personas. Con satisfacción feroz y conclaridad nunca tan intensa, pensé por primera vez en ese procedimiento yen la persona indicada: Lartigue. Era amigo de Hunter, amigo íntimo. Escierto que era otro individuo despreciable: había escrito un libro depoemas acerca de la vanidad de todas las cosas humanas, pero sequejaba de que no le hubieran dado el premio nacional. No iba adetenerme en escrúpulos. Con viva repugnancia, pero con decisión, lollamé por teléfono, le dije que tenía que verlo urgentemente, lo fui a ver asu casa, le elogié el libro de versos y (con gran disgusto suyo, que quería Ernesto Sábato 68El tunelque siguiésemos hablando de él), le hice a boca de jarro una pregunta yapreparada:—¿Cuánto hace que María Iribarne es amante de Hunter?Mi madre no preguntaba nunca si habíamos comido una manzana,porque habríamos negado; preguntaba cuántas, dando astutamente poraveriguado lo que quería averiguar: si habíamos comido o no la fruta; ynosotros, arrastrados sutilmente por ese acento cuantitativorespondíamos que sólo habíamos comido una manzana.Lartigue es vanidoso pero no es zonzo: sospechó que había algomisterioso en mi pregunta y creyó evadirla contestando :—De eso no sé nada.Y volvió a hablar del libro y del premio. Con verdadero asco, le grité:—¡Qué gran injusticia han cometido con su libro!Me fui corriendo. Lartigue no era zonzo, pero no advirtió que suspalabras eran suficientes.Eran las tres de la tarde. Ya debía estar María en Buenos Aires. Llamépor teléfono desde un café: no tenía paciencia para ir hasta el taller. Encuanto me atendió, le dije:—Tengo que verte en seguida.Traté de disimular mi odio porque temía que sospechara algo y noviniese a la cita. Convinimos en vernos a las cinco en la Recoleta, en ellugar de siempre.—Aunque no veo qué saldremos ganando —agregó tristemente.—Muchas cosas —respondí—, muchas cosas.—¿ Lo crees ? —preguntó con acento de desesperanza.—Desde luego.—Pues yo creo que sólo lograremos hacernos un poco más de daño,destruir un poco más el débil puente que nos comunica, herirnos conmayor crueldad... He venido porque lo has pedido tanto, pero debíahaberme quedado en la estancia: Hunter está enfermo."Otra mentira", pense.—Gracias —contesté secamente—. Quedamos, pues, en que nos vemos alas cinco en punto. María asintió con un suspiro.XXXIIIANTES de las cinco estuve en la Recoleta, en el ban
30m 59s · Jan 14, 2021
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